Durante décadas, el Super Bowl ha sido mucho más que la final del fútbol americano. Convertido en uno de los eventos televisivos más vistos del planeta, su espectáculo de medio tiempo ha evolucionado de un intermedio funcional a una plataforma cultural capaz de marcar generaciones, relanzar carreras y reflejar los cambios sociales, musicales y comerciales de cada época.
En sus primeras ediciones, celebradas a partir de 1967, el medio tiempo del Super Bowl estaba lejos de ser el fenómeno que hoy se conoce.
Bandas universitarias, desfiles temáticos y números coreográficos tradicionales ocupaban el escenario, pensados más como entretenimiento familiar que como un espacio de innovación artística.
La música popular contemporánea tenía poca o ninguna cabida en un evento que aún buscaba definir su identidad.
El giro comenzó a consolidarse a principios de los años noventa, cuando la NFL comprendió el potencial del medio tiempo como un espectáculo independiente.
La presentación de Michael Jackson en 1993 marcó un antes y un después. No solo atrajo a una audiencia masiva que permaneció frente al televisor durante el intermedio, sino que estableció un nuevo estándar de producción, narrativa y alcance global.
A partir de ese momento, el Super Bowl se convirtió en un escaparate privilegiado para las grandes estrellas de la música.
Desde entonces, el escenario ha sido ocupado por artistas que definieron el pulso de su tiempo. Madonna, Prince, U2, Beyoncé, Lady Gaga, Bruno Mars y The Weeknd, entre otros, utilizaron esos minutos para consolidar su estatus, presentar nuevas etapas creativas o rendir homenaje a momentos clave de la historia reciente. El medio tiempo dejó de ser un simple concierto para convertirse en un relato audiovisual cuidadosamente diseñado.
A diferencia de otros grandes eventos musicales, los artistas que se presentan en el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl no reciben un pago directo por su actuación.
La NFL asume los costos de producción, logística y montaje, que pueden ascender a varios millones de dólares, pero la participación se concibe principalmente como una plataforma de exposición global.
Para los intérpretes, esos entre 12 y 15 minutos en escena suelen traducirse en un aumento inmediato de reproducciones, ventas y demanda de giras, beneficios que superan cualquier remuneración tradicional.
La presencia latina en el Super Bowl, aunque históricamente limitada, ha ganado visibilidad con el paso del tiempo.
Gloria Estefan participó en el espectáculo de 1992, marcando una de las primeras apariciones latinas en este escenario. Años más tarde, artistas como Ricky Martin, Enrique Iglesias y Marc Anthony se integraron en presentaciones colectivas, reflejando el creciente peso del mercado latino en la industria musical estadounidense.
El punto de inflexión llegó en 2020, cuando Shakira y Jennifer Lopez encabezaron el show de medio tiempo. A ellas se sumaron artistas como J Balvin y Bad Bunny, quienes participaron como invitados especiales, ampliando el alcance generacional y sonoro del espectáculo.
Aquella presentación, cargada de simbolismo cultural, bilingüismo y referencias a la identidad latina en Estados Unidos, fue celebrada como un hito. Sin embargo, se trató de un espectáculo compartido, enmarcado en una narrativa colectiva. En este contexto histórico se inscribe la relevancia de Bad Bunny.
Por primera vez, un artista latino es la figura central del espectáculo musical del Super Bowl, no como invitado ni como parte de un elenco compartido, sino como protagonista absoluto.
El artista puertorriqueño, cuyo ascenso ha redefinido las reglas del mercado global, representa una nueva etapa en la relación entre la música latina y los grandes escenarios internacionales.
«El Conejo Malo» llega a este punto tras romper récords de reproducciones, encabezar giras mundiales y posicionar el español como un idioma dominante en la música popular global. Su presencia como figura central del Super Bowl el próximo 8 de febrero no solo reconoce su impacto comercial, sino también el cambio cultural que ha llevado a la música latina desde los márgenes hacia el centro de la industria.
Más allá del espectáculo en sí, esta elección envía un mensaje claro sobre la evolución del público y de la narrativa cultural estadounidense. El Super Bowl, históricamente asociado a símbolos tradicionales de la cultura anglosajona, abre su escenario principal a una propuesta que nace del Caribe, se expresa en español y dialoga con una audiencia global diversa.
Así, el medio tiempo del Super Bowl confirma su papel como termómetro cultural. Lo que comenzó como un simple intermedio hoy es un espacio donde se legitiman géneros, se reconocen comunidades y se reescribe la historia del entretenimiento masivo. En esta edición, el Super Bowl se celebrará el 8 de febrero, desde el Levi’s Stadium, en Santa Clara, California, ante una audiencia televisiva que se cuenta por cientos de millones de espectadores en todo el mundo.
La expectativa no solo gira en torno a la magnitud del evento deportivo, sino también a las decisiones artísticas que marcarán el espectáculo musical.
Si Bad Bunny optará por una puesta en escena completamente individual o compartirá el escenario con invitados especiales es una interrogante que añade expectativa a una presentación que, desde ya, se perfila como un nuevo capítulo en la historia del Super Bowl que este año 2026 se realizará el domingo, 8 de febrero de 2026 en el Levi’s Stadium en Santa Clara, California. .
Su protagonismo no es un hecho aislado, sino el resultado de décadas de transformación, resistencia y expansión de la música latina en el escenario más visto del mundo. De hecho, es la primera vez que un artista latino protagonice en solitario el espectáculo de medio tiempo.
ESTEFANY COLLADO
