La milagrosa remontada de Argentina ante Inglaterra

En el minuto 85, Argentina estaba perdiendo 1-0. El partido se escribía y se firmaba, hasta ese momento, con tinta inglesa.

Inglaterra había construido el partido que deseaba: ordenado, físico, incómodo. Un encuentro con defensores altos dentro del área, piernas cerrando caminos y Jordan Pickford convertido en una pared. Había realizado tres atajadas decisivas. Argentina también había estrellado una pelota en el poste.

Cada vez que los argentinos se acercaban, algo se interponía. Una mano del arquero. Una pierna inglesa. El palo. El rebote equivocado. Parecía que la suerte jugaba para Inglaterra. Y que la ilusión de esa cuartas estrella en el escudo se esfumaba.

La selección inglesa se fue arriba en el minuto 55 y había administrado su ventaja como quien protege un objeto frágil. Los centrales despejaban todo lo que caía en el área. Los mediocampistas perseguían cada pelota. El reloj, ese viejo cómplice del equipo que gana, avanzaba demasiado rápido para los ingleses y desesperadamente lento para los argentinos.

Tuchel sacaba delanteros y blindaba el dique. La represa parecía segura, sin hacer aguas.

Pero este equipo argentino tiene un elemento difícil de medir: se la cree. Y se la cree de verdad. No les importa a quién tiene por delante. Ellos creen. Y la fe mueve montañas, dice la Escritura.

ARGENTINA VA A LA FINAL CONTRA ESPAÑA

No se trata únicamente de carácter, ni de experiencia, ni siquiera de calidad. Es algo más íntimo. Una convicción casi irracional de que el partido todavía puede cambiar aunque todo indique lo contrario. Argentina juega como si el próximo ataque fuera a ser suficiente. Como si ningún marcador fuera definitivo mientras quede una pelota por disputar y los brazos del reloj se muevan lentamente.

En el minuto 85, Alexis Mac Allister recibió fuera del área.

Delante de él estaban las torres inglesas, los cuerpos que habían rechazado cada centro y Pickford, que hasta entonces parecía invencible. Mac Allister levantó la cabeza y golpeó la pelota desde afuera. No parecía la decisión más prudente. Mas había que intentar, sacar la clase, hacer algo. Pero el fútbol rara vez recompensa la prudencia en los momentos decisivos.

El remate atravesó una multitud de piernas y terminó dentro del arco. Pickford, que había llegado a todo durante la tarde, esta vez no llegó.

Argentina empataba 1-1. El gol no solo cambió el marcador. Cambió el aire del estadio. Inglaterra dejó de jugar para ganar y comenzó a jugar para no perder. Argentina percibió el cambio.

Hay equipos que necesitan dominar para sentirse superiores. Argentina, en cambio, parece crecer cuando descubre miedo en el rival. El empate le recordó a Inglaterra que su ventaja había sido mínima. Le recordó las tres atajadas de Pickford. Le recordó el remate en el poste. Le recordó que había sobrevivido, pero que todavía no estaba a salvo.

LIONEL MESSI SEGUÍA EN LA CANCHA

Y había algo peor, quizá Tuchel no se percató de eso. Lionel Messi seguía en la cancha.

A los 39 años, Messi ya no participa en los partidos de la misma manera que cuando era joven. Camina más. Espera más. Observa durante largos tramos. Parece apartado del ruido, como si el encuentro ocurriera a una velocidad distinta para él. Lo suyo es escanear los espacio, memorizar las piezas, comandar la tropa como buen general. Está quieto.

Pero esa quietud es engañosa.

Messi no necesita intervenir constantemente. Le basta con comprender antes que los demás lo que está a punto de ocurrir. En el minuto 92 recibió la pelota.

Los defensores ingleses retrocedían. El partido se acercaba a la prórroga. Los espectadores apenas tenían tiempo para ordenar lo que había sucedido desde el empate.

Messi levantó la cabeza. Fue un gesto breve. Casi imperceptible.

Donde los demás veían camisetas blancas, él vio un espacio. Donde los ingleses creían tener cubierta el área, Messi encontró una grieta. Entonces puso un centro perfecto, medido con la delicadeza de quien no golpea la pelota, sino que la deposita en un lugar que ya había imaginado.

¡GOOOL!

Lautaro Martínez llegó. Eso fue todo. Llegó en el instante preciso y marcó el 2-1. El estadio explotó.

¡GOOOL!

Los argentinos corrieron hacia una esquina. Los suplentes abandonaron el banco. Los ingleses permanecieron inmóviles, tratando de comprender cómo un partido que habían controlado durante 85 minutos se había escapado en apenas siete.

Tres atajadas de Pickford, Un remate en el poste, una defensa inglesa que había resistido casi toda la tarde. Nada de eso bastó. ¿Y saben por qué?

Porque existe una regla no escrita que el fútbol ha aprendido durante casi dos décadas: mientras Lionel Messi siga en la cancha, ningún resultado está completamente asegurado.

Inglaterra no perdió solamente una semifinal, perdió una batalla contra la capacidad de Messi para alterar la lógica.

Argentina, por su parte, volvió a sacar un partido de la nevera. Volvió a remontar cuando el tiempo parecía agotado. Volvió a demostrar que los grandes equipos no son únicamente aquellos que ganan cuando juegan bien, sino también los que se niegan a aceptar la derrota cuando el partido parece perdido.

Y es que, otra vez, Argentina se la cree.

En 90 minutos, esa selección que se la cree consiguió otra remontada y aseguró su lugar en la final del domingo contra España.

Mientras sus compañeros celebraban, Messi caminaba entre los abrazos con el rostro sereno. Parecía menos sorprendido que todos los demás. Tal vez porque para él aquello no era imposible. Tal vez porque llevaba toda la tarde observando el espacio que terminaría apareciendo.

A los 39 años, ese hombre pequeño continúa haciendo cosas que están fuera de toda lógica. Ya no necesita correr más que nadie. Le basta con pensar un segundo antes que todos. Por eso su nombre permanece junto al de Pelé en el Olimpo del fútbol.

El domingo, Argentina volverá a jugar una final.

Y en el centro de la escena estará nuevamente Lionel Messi, ese hombre que ya camina más de lo que corre, que observa más de lo que acelera, pero que todavía es capaz de convencer a millones de personas de que lo imposible puede esperar unos minutos más.

ALFREDO VILLASMIL

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