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Petróleo venezolano: el valor oculto de los barriles que espera Washington

El reciente anuncio del presidente Donald Trump sobre la posible entrega de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano a Estados Unidos no solo reaviva el debate energético dentro de la discusión geopolítica, sino que abre una pregunta inmediata y concreta: ¿cuánto dinero y aporte al consumo representa realmente ese volumen de crudo para Washington?

Con el barril de petróleo cotizado en torno a US$56, según estimaciones de mercados internacionales citadas por plataformas como Datos Macro, el cálculo es directo, pero las implicaciones son profundas. En el escenario más conservador, 30 millones de barriles equivalen a unos US$1,680 millones. En el extremo superior, 50 millones de barriles ascienden a cerca de US$2,800 millones. Son cifras relevantes, pero modestas si se las compara con el apetito energético de Estados Unidos. Entonces, ¿por qué tanto énfasis?

Trump fue explícito al escribir en su red Truth Social el martes: “Me complace anunciar que las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad y autorizado a los Estados Unidos”. La frase, más allá del tono celebratorio, revela una lógica de poder: el petróleo no es solo energía, es palanca política.

El origen del volumen anunciado por Trump lo explicó la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, señalando que la actual administración venezolana autorizó la liberación de esos hidrocarburos y que la medida abarca cargamentos que permanecían retenidos a causa del bloqueo financiero estadounidense, incluyendo buques recientemente incautados por autoridades de Washington en el Caribe con millones de barriles de crudo a bordo.

El reciente anuncio del presidente Donald Trump sobre la posible entrega de entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo venezolano a Estados Unidos no solo reaviva el debate energético dentro de la discusión geopolítica, sino que abre una pregunta inmediata y concreta: ¿cuánto dinero y aporte al consumo representa realmente ese volumen de crudo para Washington?

Con el barril de petróleo cotizado en torno a US$56, según estimaciones de mercados internacionales citadas por plataformas como Datos Macro, el cálculo es directo, pero las implicaciones son profundas. En el escenario más conservador, 30 millones de barriles equivalen a unos US$1,680 millones. En el extremo superior, 50 millones de barriles ascienden a cerca de US$2,800 millones. Son cifras relevantes, pero modestas si se las compara con el apetito energético de Estados Unidos. Entonces, ¿por qué tanto énfasis?

Trump fue explícito al escribir en su red Truth Social el martes: “Me complace anunciar que las Autoridades Provisionales de Venezuela entregarán entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo de alta calidad y autorizado a los Estados Unidos”. La frase, más allá del tono celebratorio, revela una lógica de poder: el petróleo no es solo energía, es palanca política.

El origen del volumen anunciado por Trump lo explicó la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, señalando que la actual administración venezolana autorizó la liberación de esos hidrocarburos y que la medida abarca cargamentos que permanecían retenidos a causa del bloqueo financiero estadounidense, incluyendo buques recientemente incautados por autoridades de Washington en el Caribe con millones de barriles de crudo a bordo.

Horas antes, el senador Marco Rubio delineó lo que llamó una “hoja de ruta petrolera” para Venezuela, estructurada en tres fases. La primera, de estabilización, pone el foco en asegurar y vender ese volumen inicial de crudo, con ingresos bajo supervisión estadounidense. Luego vendría una etapa de recuperación económica, con participación de Washington y aliados occidentales. Finalmente, una fase de transición política, deliberadamente vaga en plazos y formas.

Mucho más que dólares

A primera vista, US$2,800 millones pueden parecer una cifra contundente. Sin embargo, cuando se contrasta con el consumo estadounidense, su dimensión cambia radicalmente. Estados Unidos consume en promedio 20.25 millones de barriles diarios, lo que equivale a 7.39 mil millones de barriles al año. En ese contexto, 50 millones de barriles apenas cubrirían poco más de dos días de consumo nacional.

¿Por qué, entonces, Trump y Rubio colocan este volumen en el centro del discurso? La respuesta está en el control, no en la cantidad. Para Washington, el petróleo venezolano representa una combinación singular: reservas gigantescas, infraestructura deteriorada, sanciones asfixiantes y dependencia tecnológica externa. Un cóctel ideal para ejercer influencia.

Rubio lo dijo sin rodeos al defender una “cuarentena petrolera” sobre Caracas. Según él, Venezuela no puede transportar ni vender su crudo sin autorización estadounidense, debido al régimen de sanciones aplicado sobre la estatal PDVSA. «Esto representa una enorme influencia», afirmó, subrayando que los acuerdos energéticos pasan, de facto, por Washington.

Control indefinido y reservas estratégicas

Las declaraciones de Rubio coincidieron casi en simultáneo con las del secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, quien aseguró que la administración Trump planea no solo controlar las ventas de crudo venezolano de manera indefinida, sino garantizar que el dinero producto de esas ventas se almacene en cuentas controladas por Estados Unidos.

Este enfoque adquiere otra dimensión cuando se observa el estado de las reservas estadounidenses. A mediados de 2025, la Reserva Estratégica de Petróleo de EE.UU., según datos del Departamento de Energía, rondaba los 410 millones de barriles. A ritmo de consumo actual, eso equivale a apenas 20 días de suministro nacional.

Las reservas probadas estadounidenses, unos 46.4 mil millones de barriles a fines de 2023, alcanzarían para unos 6,3 años de consumo. Un horizonte corto para el mayor consumidor de hidrocarburos del planeta. En contraste, Venezuela posee 303,806 millones de barriles en reservas probadas, la cifra más alta del mundo, por encima de Arabia Saudita.

Venezuela, el gigante inmovilizado

Aquí radica la paradoja central. Venezuela es el país con mayores reservas de petróleo del planeta, pero hoy tiene cuesta arriba explotarlas y comercializarlas con normalidad. Las sanciones, la falta de inversión, el deterioro tecnológico y la presión diplomática han convertido ese inmenso potencial en un activo bloqueado.

Tras las declaraciones de Rubio, Wright y Leavitt, la estatal petrolera venezolana PDVSA confirmó que mantiene negociaciones con Estados Unidos para concretar la venta de “volúmenes de petróleo, dentro de las relaciones comerciales existentes entre ambos países”. En un comunicado oficial, que este proceso será bajo un esquema similar al que se maneja con empresas internacionales como Chevron, basado “en una transacción estrictamente comercial, con criterios de legalidad, transparencia y beneficio para ambas partes”.

Para Estados Unidos, controlar aunque sea una fracción del flujo petrolero venezolano tiene un valor estratégico desproporcionado respecto a su volumen. Significa regular la oferta regional, influir en precios, condicionar alianzas y, sobre todo, tener una carta clave en cualquier negociación política futura.

La fase final mencionada por Rubio, la transición política, es quizás la más reveladora. Aunque no detalló plazos ni mecanismos, el mensaje es claro: el acceso al petróleo venezolano está condicionado a cambios políticos.

Desde esta óptica, los 30 a 50 millones de barriles no son el objetivo final, sino el primer movimiento.

Funcionan como prueba piloto de un esquema en el que Estados Unidos administra, vende y redistribuye un recurso clave de otro país, bajo el argumento de estabilización y supervisión internacional.

ANDRES TOVAR

Redacción

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