David, ¡qué pena!

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POR JULIO MARTINEZ POZO.- Sobre la muerte de David de los Santos, el entrenador físico de 24 años de edad, que protagonizó una reyerta en Ágora Mall, y que falleciera en el hospital Darío Contreras con laceraciones que evidencian el carácter violento de su fallecimiento, hasta ahora están más o menos claros los siguientes elementos.

Se insolentó en una perfumería de la plaza comercial en la que intentó atraer la atención hacia la prédica del mensaje evangélico del que se sentía portador, generando una discusión con empleadas que le pidieron por favor que bajara la voz, y, especialmente, con una dama con la que pretendió entablar discusión sobre el evento programado inevitablemente para todo el que respira: la muerte.

Sintiéndose amenazados por las advertencias premonitorias del obstinado predicador, los testigos del incidente alertaron a la seguridad de la plaza, que de inmediato ubicaron al individuo que le habían descrito e intercambiaron palabras que dejaron claro que estaba poseído por la ira.

Lo sometieron a control físico y lo llevaron a la oficina de seguridad, donde aún esposado descargó su encono contra uno de los muebles del lugar, en lo que se aguardaba por la patrulla policial a la que se le entregó.
Esos hechos agravaron el descontrol emocional del detenido que no era un delincuente ni alcanzaba a entender que hubiese hecho nada malo, para ser objeto de un tratamiento que entendía humillante.

Entre las opiniones eschuchadas está la de que la seguridad de la plaza debió limitarse a sacarlo del lugar ¿y cuál habría sido su reacción una vez fuera? ¿Qué habría pasado si regresaba enrabiado a reclamar contra el mal trato recibido? ¿Quién pudiese adivinar con lo que hubiese vuelto de allá para acá y la magnitud que pudiera haber tomado la confrontación?
Lo más correcto fue haber dado parte a la policía y poner al individuo en cuestión bajo control de ella como ocurrió.
¿Dónde estaba la falla?
Que la Policía Nacional no cuenta con un protocolo para intervenir frente a estos casos que no atañen al perfil delincuencial, porque de lo que se trata es de una retención por desequilibrio emocional, lo que amerita de una unidad especializada.

El encerramiento con otras personas de un individuo en las condiciones proyectadas por David de los Santos, sólo podía derivar en tragedia, como ocurrió. Impotente por verse tratado como un delincuente cuando sólo había intentado reproducir el mensaje del que se sentía portador, elevó su rabia más allá de su autocontención, y atado con la esposa a la puerta de la celda empezó a golpearse en forma implacable, terminando en otra reyerta con tres retenidos que primero trataron de contenerlo, pero como el los agredió ellos también lo golpearon…

La acusación contra los agentes policiales es de indiferencia, de no haber intervenido para evitar que los otros reclusos golpearan al que trajeron de Agora Mall, que ellos sólo se limitaron a arrojar gas pimienta a ver si calmaban la desigual trifulca, porque dicen que siendo apenas cuatro los policías que estaban en el destacamento no se sentían con capacidad para abrir la puerta de la celda y entrar a controlar la situación.

Toda la atención que ha provocado la muerte del entrenador físico nos ha conducido a lo de siempre: las promesas y anuncios de una reforma policial, que es urgente, pero que sólo puede ser real con gradualidad sistemática, no con medidas ampulosas llamadas a caer en el vacío.

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